jueves 19 de noviembre de 2009

Sexo "en blanco"

André Kertész


Sobre su mesa, una botella de vino tinto, un lápiz y unos papeles en blanco invitan a trabajar; las palabras que bailan en su cabeza le impiden concentrarse. Bailan de tal manera que cree ver sombras negras enturbiando su mundo descolorido. Reflexiona un breve instante: necesito matar el tiempo para desbloquearme… Y cierra los ojos.

Con los párpados entornados comienza su locura. Su arrogante cuartilla vacía reflejada en el sol del mediodía, crea figuras lineales diminutas que caminan rápidamente a través de la celulosa blanquecina. Luego, se mantienen estáticas; unas se posicionan horizontalmente, otras en la vertical, e incluso a veces forman círculos con protuberancias hacia arriba o hacia abajo, y las más osadas, hasta lo hacen en diagonal intentando mantener un equilibrio estable. ¿Qué era ese amasijo de símbolos?, ¿qué querían decirle?, ¿por qué no se estaban quietos para poder descifrar su mensaje?...

Sudaba a mares mientras rastreaba minuciosamente en su interior siempre las mismas dudas. Las gotas saladas bajaban una tras otra encima de la mesa, correteaban por el papel y diluían los grafismos salteados eliminando incluso el punto de apoyo de aquel que se mantenía en la diagonal. El color gris formado caía en cascada y con el dorso de su mano creaba un borrón que aún complicaba más la coherencia de su significado. ¿Se estaba volviendo loco?, ¿cómo iba a ser esa mancha negra una cascada en la que veía reflejada un tinte color púrpura de sangre?... ¡Dios mío!, ¿qué infierno me estoy inventando?, pensaba.

El sol comenzaba a declinar y dormitado soñaba con ese tipo soso que era, con las conversaciones banales que mantenía ante las mujeres que se acercaban a conocerle, con sus calzoncillos sin gracia, con sus camisetas roídas hechas un asco, con su halitosis perenne y con las ganas que siempre tenía de echar un polvo… Mientras, los símbolos y las palabras pululaban por su cabeza. Subían y bajaban intentando ser milagrosamente hermosas, chapoteaban en la hoja de un lado a otro, saltaban, e incluso era capaz de apreciar sus hilarantes risas. ¿Qué coño hacían burlándose?, ¿acaso no estaba capacitado para colocarlas adecuadamente y darles sentido en una frase desbloqueadora de su desidia?... Gritos femeninos en su cabeza como respuesta. Todas las mujeres le aborrecían, pero siempre que decidía dejarlas, éstas le amaban. Daba igual si se había acostado o no con ellas (generalmente lo hacía), todas se cansaban de su realidad ficticia. Vivía entre las líneas escritas, escondido en ellas sin mostrarse; esa inercia le vencía. Un pequeño destello abrió su imaginación y vislumbró claramente una letra: la X, que se había apañado para colocarse a la derecha de su mirada. Allí no tenía aún compañía de sus semejantes, pero las otras jugueteaban alegres martilleando su cerebro saturado de vino. Intentaban hacerse oír, pero el sonido era estruendoso y molesto. Él mismo las silenciaba. Recordaba aquellos años en los que estuvo casado y fue infiel infinitas veces. Nunca entendió porqué su naturaleza incitaba en él dicho comportamiento, pero tampoco hizo nada por evitarlo. Encajaba y disfrutaba de las sensaciones placenteras: eran su inspiración y le seguían a todas partes. Cuantas más mujeres y vino tomaba, más escribía y se desgarraba. Dejaba su sangre en cualquier nota que hiciera. Empleó trucos que había aprendido en los libros y biografías que leía; todos fueron muy útiles hasta que dejó de acostarse con mujeres. Se aburría. Dejó de pensar en lo afortunado que era de poder tener todas las féminas que deseara y así declinó su vocación de escritor. Hoy, tenía un ataque de añoranza y multitud de grafismos iban conformándose de nuevo entre sus dedos sin encontrar la manera de ordenarlos. Había bebido de más para buscar colores en su grisácea realidad y la cabeza latía con tal fuerza, que una idea iba ganando terreno. Sintió frío. Se estremeció y abrió los párpados. Incompresiblemente había un vocablo borroso escrito en rojo. Su mano izquierda estaba manchada de sangre y en la habitación ya todo era oscuro como su existencia.

Con cierta regularidad, si su estado de ánimo le trastornaba, aniquilaba impasible cualquier sentimiento de culpa dejando que la furia se apoderara de su mente. Así tras haber matado el tiempo unas horas bebiendo y dormitando, se desperezaba y comenzaba a escribir su consigna: seXo… Nuevamente su cerebro se llenaba de estúpida celebridad.

domingo 15 de noviembre de 2009

"Mi corazón al desnudo"


Decidió ir al médico. Una vez allí, comentó que sentía desaliento desde hacía semanas. La doctora escuchó pacientemente, hizo algunas preguntas y llevó a cabo una minuciosa exploración, sin embargo nada de ésto arrojó claridad sobre el mal que experimentaba su paciente. Tras meditar unos instantes, optó por prescribir un ansiolítico y le regaló el libro que releía en esos días. Extendió la receta y afectuosamente se despidió.

Apesadumbrado y escéptico llegó a casa; relató a su esposa con mayor desazón que la que había sentido cuando salió, todo aquello que la doctora le había explicado. Tras la cena, tomó el tranquilizante y comenzó a leer el libro que tenía entre sus manos. Estaba revestido de una cubierta blanda de color negro con una mancha roja en la esquina superior derecha; las letras sobreimpresas eran blancas. Miró el dorso del libro y salvo el color púrpura, mostraba las mismas características. Allí leyó: "He cultivado mi historia con regocijo y terror. Ahora siento el vértigo, y hoy, he sufrido una singular advertencia: he sentido pasar sobre mí el viento del ala de la imbecilidad".

Meditó unos breves instantes y abrió al azar las páginas hacia adelante. Se acercó el libro a la nariz y paró. Cerró los ojos e introdujo la mano señalando con el dedo el siguiente fragmento: "Un hombre va al tiro al blanco, acompañado de su mujer. Apunta a una muñeca y le dice a aquélla: me hago la cuenta de que eres tú. Cierra los ojos y abate a la muñeca. Más tarde, musita mientras besa la mano de su acompañante: ¡Ángel querido, cómo te agradezco mi tristeza!"

Cerró el libro... El quebranto de su pecho había desaparecido.

(Fragmentos Charles Baudelaire, en Mi corazón al desnudo y otro papeles íntimos).

viernes 13 de noviembre de 2009

1964, de Jorge Luis Borges


I

Ya no es mágico el mundo. Te han dejado.
Ya no compartirás la clara luna
ni los lentos jardines del pasado,
cristal de soledad, sol de agonías.
Adiós las mutuas manos y las sienes
que acercaba el amor. Hoy sólo tienes
la fiel memoria y los desiertos días.
Nadie pierde (repites vanamente)
sino lo que no tiene y no ha tenido
nunca, pero no basta ser valiente
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.


II

Ya no seré feliz. Tal vez no importa.
Hay tantas otras cosas en el mundo:
un instante cualquiera es más profundo
y diverso que el mar. La vida es corta
y aunque las horas son tan largas, una
oscura maravilla nos acecha,
la muerte, ese otro mar, esa otra flecha
que nos libra del sol y de la luna
y del amor. La dicha que me diste
y me quitaste debe ser borrada;
lo que era todo tiene que ser nada.
Sólo me queda el goce de estar triste,
esa vana costumbre que me inclina
al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina.

martes 10 de noviembre de 2009

Sigfredo, "mi cielo lindo"

Disfrazamos su fetidez con perfumes durante días: si abría los ojos, la estancia se llenaba de madreselva; si movía los dedos de la mano, la firmeza y rotundez del bosque nos embriagaba; si sonreía, el sonido y la fragancia de las olas del mar producían mil ecos en nuestros oídos; si continuaba respirando, nuestra esperanza se vestía de rosa...
Sin embargo, la podredumbre acechaba ganando intensidad en cada latido que decrecía.
Cerró los ojos, dejó de mover los dedos, olvidó sonreír y respirar mientras las manos vacías mostraban sus palmas alisadas por la muerte.

lunes 9 de noviembre de 2009

Hospital de almas




Rafal Olbinski

Estaba enfermo desde hacía años. Él fingía no saberlo pero al ir devorando libros desarrolló un maquiavélico aspecto. Dejemos que sea él mismo quien nos lo cuente.

"Mi nombre es Excéntrico. En todos estos años de estudio he aprendido a aceptarme a mí mismo y como siempre fui considerado un extraño, decidí adoptar este mote. Mis parientes tienen una piel, unas espinas y unas escamas con las que me asemejo, pero no me imagino formando parte de la familia Exocoetidae; por tanto, mi apelativo que empieza por el mismo prefijo es lo único que me agrada y une a ellos. ¿Por qué hago esta disertación tan absurda?, ¿cómo he llegado hasta aquí?… Me esfuerzo en aclarar este lapsus de tiempo que presiento se me ha ido, pero lo único que viene a mi cabeza es: ¡imbéciles! Sé que es una situación anormal incluso desde el punto de vista de mi mente privilegiada, pero todo me importa un bledo y ellos con sus caras severas e inmutables creen que van a enloquecerme. ¡Asquerosos!

He leído infinidad de libros y antes de ello, era puro y limpio; ahora soy intransigente. Todo salió de ahí, de esas letras que me atraían irremediablemente mientras bailaban una tras otra encima de mi cabeza. ¡Qué idiota fui burlándome de todo aquello que me rodeaba y dejando que mi mente volara por mil mundos imaginarios! Dicen que estoy enfermo y que necesito ayuda para curarme. Nada puedo hacer contra ese chantaje emocional que me imponen. Son tan astutos que inventarían cualquier historia para conseguir que crea en mi mal. Si hicieran su trabajo limpiamente sin contar ninguna batallita de sus vidas para que me sienta miserable, podría intentar comprenderles. Dicen que paso los días comiendo y vomitando, sin embargo no tengo conciencia de ello. Sueño en pescar y en contar la verdad como si fuera un niño, ¿pero qué contaría?... ¿He “pescado” una crisis? Refunfuño a cada instante, sudo de rabia y tengo la boca continuamente redonda y húmeda. A veces siento un cosquilleo en mi espalda y veo esas protuberancias que me crecen y aterran. Intento cuidarme al máximo no comiendo nada más que vegetales, pero ni aún así consigo limpiar mi asqueroso cuerpo contaminado con multitud de escamas. Ellos están bastante jodidos porque no encuentran solución para mí. A veces pienso que acabaré en una enorme pecera de un circo haciendo piruetas y leyendo todos los libros que poseo para divertir al público que se ha acercado y ha pagado por mis hazañas; o tal vez acabe en un sartén embadurnado de aceite y exhalando un perfume nauseabundo. Debería dejar de guasear mi desgracia. Estoy cansado y… harto. Harto de comer y vomitar, de hacer migajas con las historias que vislumbro. En realidad soy un cobarde y mantengo mi obstinación para evitar que mis compañeros me tomen por un chiflado. Todos se han unido para hundirme. Me persiguen y es agotador. Deseo que se acabe. ¿Y si hubiera un maremoto?... nunca tengo nada de lo que deseo. Sólo aprecio una marea hoy algo revuelta, como si la corriente me impulsara a zambullirme en las aguas gélidas de ese mar que me espera con los brazos abiertos para asfixiarme congelado. Estoy demasiado inquieto y me agito con la suficiente fuerza para derrotar a la corriente; intuyo que mi hora no ha llegado. Me importa un pito todo salvo mis libros y mi biblioteca fielmente cultivada durante todos estos años. Si hubiera aprendido a adaptarme podría no tener frustraciones, pero todo lo que existe y existía a mi alrededor, sólo ha servido para hacerme la puñeta, incluso todos estos libros que tanto amo. Estoy lúcido y soy directo, no tengo caretas aunque ahora luzca un rostro irreconocible. La juventud se ha ido y ha dejado paso a esta jeta indefensa pringada de comida a cada momento. ¿Me he vuelvo loco?... Me drogan, me anestesian, tranquilizan mis ansías, anulan mi mundo… No dejan huellas, ellos podrían llevar a cabo el crimen perfecto con la ley a su lado. Vomito asqueado al pensarlo e imaginar el olor de lo expulsado, me bloquea y me hace pensar en la mierda. Los asquerosos revientan mi ánimo incitándome al suicidio. ¡No lo conseguirán y se lo reprocho!, pero sin ellos, sin su odio, no hubiera podido contar mi verdad. Acorralado hice de todo. Me dí golpes con las paredes, mi cuero cabelludo sangraba a borbotones sin que me importara. La sangre comenzó a secarse formando costras rojo-vinosas como escamas. Me defendía salvajemente arremetiendo contra todo lo que se pusiese delante. No podía dejar que me agarrasen, no hay que dejarse comer vivo…

Me retuerzo de placer en este hospital de almas releyendo el infierno y sintiendo como las llamas queman sus pieles humanas, oiré sus gritos de dolor retumbar en mis oídos. ¡Mi revancha será descomunal. La merezco. Soy Excéntrico, de la familia Exocoetidae!…

El sueño me llega nuevamente. Mis aletas no tienen fuerza. Siento mi corazón enlentecerse… Me ahogo, me ahogo, me ahogo, me ahogo… ¡tanta mentira escrita y soñada!"

viernes 6 de noviembre de 2009

"Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos"... Binomio Adriano-Yourcenar


Los momentos mágicos existen, no hay duda; acabo de vivir uno de ellos. El azar ha puesto en mis manos el libro Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar después de mucho tiempo y su lectura ha sido maravillosa. Hacía años que no cerraba un libro con satisfacción. Sé que todos conocemos este relato y me gustaría recordar un breve fragmento de sus últimas páginas, o lo que es lo mismo, de los últimos días del emperador Adriano en las bellas palabras de Marguerite.



... "Terminé por convertir ese deseo mortal en una muralla contra mí mismo; la perpetua posibilidad del suicidio me ayudaba a soportar con menos impaciencia la vida, así como la presencia al alcance de la mano de una poción sedante calma al hombre que sufre de insomnio. Por una íntima contradicción, la ansiedad de la muerte sólo dejó de imponerse en mí cuando los primeros síntomas de mi enfermedad aparecieron para distraerme de ella. Volví a interesarme en esa vida que me abandonaba; deseé apasionadamente gozar de mi cuerpo algunos años más"...

miércoles 4 de noviembre de 2009

Ocaso



Hacía días que sentía su rabioso aliento intentando derruir el muro inexpugnable.
Con el crepúsculo, la egoísta No-Vida, apresó a mi amigo.

martes 3 de noviembre de 2009

Visita al trabajo


Perplejo sobre la mesa de quirófano tu amante te observaba ausente de vida. Te frotaste los ojos sin entender qué ocurría. La pesadilla era real. Inerte, él seguía allí y a tu lado, todas las miradas clavadas en ti expresaban la angustia de tu culpa. Recordaste la discusión de la cena antes de venir al trabajo y como te habías marchado, asqueado, sin despertarle. La náusea creció. Vomitaste. ¡Maldita sea!... ¿por qué cogió el coche en mi noche de guardia?

La nota encontrada entre sus manos decía: "Cariño, prometí visitarte. Aquí me tienes".

lunes 26 de octubre de 2009

Luz de lluvia

Jan Saudek

Apresuradamente despacio observaba la noche sin perder un detalle pensando en los enigmas que escondía. Tenía el don de los guardagujas y sabía manejar con destreza la desaparición de miles de estrellas; el único requisito era reconocer el instante que vivían y señalarlo con su dedo índice de la mano izquierda.

Su apelativo fugaz había sido Estrella, sin embargo al pasar los años y quedarse sola, su memoria olvidó como la llamaban. No le importaba, desde el rincón de su laboratorio era inmensamente feliz, conocía el nombre de todas las luces que la rodeaban y pensaba que su sobrenombre no era esencial; lo importante estaba representado por aquello que esa palabra significaba en su fuero interno y ella sabía, que independiente de su nombre poseía muchas virtudes ―más de las que se creía―, y que tenía que esperar al éxito para que éstas mostraran sus cartas; ese momento le provocaba un pavor terrible porque presentía la transformación de su esencia.

Nacida en un solsticio de verano de luna creciente y aurora boreal, su madre había sido una estrella de mar sobre la que cayó un polvo del firmamento, cuando la conjunción de los astros mostraba la alineación perfecta para una vida cargada de brillos; condición sine qua non para que una estrella pudiera arrojar sus primeros destellos de luz. Los metales y el hidrógeno que se formaron en ese encuentro, emitieron una nube de gas que comenzó a ascender desde la superficie del mar hacia el cielo luchando contra la gravedad, e irradiando un brillo creciente hasta alcanzar la posición en su natural constelación.

Pero ella no era una estrella normal. Sentía que una fuerza irracional la arrastraba en contra de su voluntad hacia el camino contrario que su fortuna tenía establecido. A su alrededor, sus hermanas seguían las leyes físico-químicas y mostraban mayor fulgor cuando así correspondía, incluso algunas habían muerto ya como fantásticas supernovas o nebulosas haciendo piruetas rotatorias de belleza extrema. Sin embargo, ella estaba atrapada: desde algún sitio de la bóveda celeste, un anónimo dedo índice la guiaba. La propietaria del dedo era una astrónoma afamada que había descubierto recientemente cómo condicionar la vida de una estrella fugaz al cambiar, mediante la propulsión de un chorro de helio, la energía del núcleo interno del astro para modificar su trayectoria y que el asteroide, de esta manera, entrara en contacto con la atmósfera y emitiera su característica luz.

Llevaba años estudiando la oscuridad del firmamento a través de su telescopio y de sus enormes ojos negros; ojos en los que podías ver numerosas lucecitas resplandeciendo todo el tiempo. Pero esta mujer llamada Estrella, que estaba a punto de llevar a cabo su experimento, al igual que no recordaba su nombre, se había olvidado de un detalle crucial que haría que su proyecto fracasase.

El meteorito estaba a punto de morir. Ella insistía en su teoría del helio, pero ya había en exceso dentro del núcleo propiciando su trayectoria hacia la Tierra. Intentaba manipular el mapa de las constelaciones con su dedo índice, calculando al detalle cada grado, cada fórmula y cada luz emitida por sus hermanas para que nada fallase en el gran día. Pero el propio helio que el cuerpo celeste estaba formando, hizo que se desplazase unas millonésimas de segundos hacia la izquierda ocupando justo el punto ciego de su retina. Estrella no lo captó y siguió adelante con sus cálculos fallidos.

Todo estaba preparado en su modesto laboratorio. Encendió el telescopio y con el artilugio inventado, envió el helio al objeto de su estudio. El haz de luz atravesó el espacio hasta llegar a él, sin embargo, el leve movimiento que había experimentado los días anteriores, hizo que incidiera en la periferia creándose un viento estelar que enfrío su corazón y aceleró su caída. Golpeó con dureza la superficie terrestre. No hubo lluvia, sólo trueno.

Estrella lloró con su impotente dedo índice alzado hacia el lagrimal izquierdo. Un destello de luz surcó el infinito procedente de sus enormes agujeros negros, ―brillantes como nunca antes se habían visto―, emitiendo una magnífica lluvia de estrellas. Ésa era su virtud y acababa de ser descubierta. Su bóveda cardiaca dejó de latir mientras centelleantes partículas se dispersaban por detrás de la enorme y negra colgadura que une Cielo y Tierra.

domingo 25 de octubre de 2009

Duele la noche del día

"Noche, de Néstor de la Torre"

No comprendo porqué hay que considerar este cambio del Día a la Noche sin apenas aviso, pero lo acepto. Sé que es un argumento difícil de sostener y se realiza para nuestro bien, pero el mal embarga a mi cerebro en este instante de luz que se escapa para dejar a mis ojos en la terrible oscuridad. Necesito desahogarme y por ello, escribo:

"Repara en Ella por primera vez y observa que es tan consciente como Él mismo; ha llegado lentamente por las calles de la tarde sacudiendo con fuerza su furia y tiñendo de oscuro este último domingo de octubre".

viernes 23 de octubre de 2009

Sin título


Ese día se había levantado con la necesidad de herir. Su atormentada mente necesitaba escaparse de la agresividad que acumulaba desde hacía meses. Gritaba que nada importaba más que él mismo y fiel a ello, había decidido hoy dar la estocada de gracia. Sólo le quedaba elegir la víctima adecuada y para ello, estaba decidido a salir al exterior en su búsqueda.
Aseado como buenamente le había enseñado su difunta madre, tomó rumbo al supermercado. Allí siempre encontraba los desperdicios humanos necesarios para alimentar su rencor.

Paseaba despacio por el pasillo de la gran superficie observando las estanterías atestadas de alimentos infantiles. Aquí y allí, veía caras redondas de ojos azules en los paquetes y envoltorios de los distintos productos que incitaban a mejorar la calidad de vida y la felicidad de tu bebé. ¡Menuda mierda! ―pensó― y comenzó a reírse al darse cuenta de que se encontraba en frente de una enorme bolsa de pañales tamaño familiar; pudo incluso sentir el hedor de las heces. Reírse alimentaba su odio. Nadie en este mundo conseguía estar a salvo de su crueldad cuando la risa llenaba su alma.

Giró hacia la izquierda y entró en el pasillo de los alimentos dietéticos. Desde lejos pudo ver a un adolescente gordo que miraba con ansía de un lado a otro, intentando elegir qué producto sería más rentable y con los mejores resultados para su bolsillo y su sobrepeso. Su piel grasa brillaba bajo los focos del recinto, permitiendo ver unas minúsculas gotas de sudor que resbalaban por la frente esculpida de montañas y cráteres por su maldito acné. A su lado, se encontraba una preciosa joven de magnífico cuerpo torneado; segura de sí misma, alargaba su mano para asir las barritas de cereales que tenía a la altura de los ojos. El obeso, chorreó amor al verla y ella, apreció el olor que sus hormonas efervescentes desprendían sin poder disimular asco con una mueca en su cara.
Él, ajeno y a cierta distancia, observaba la escena. Exhaló aire y un frío polar llenó el pasillo. Había elegido.

El taconeo enardeció su ira. Odiaba ese sonido que le recordaba perfectamente las pisadas de su angelical y pulcra hermana persiguiéndole. Incluso, si cerraba los ojos, veía la súplica de los de su hermana aquel día en que él, con toda la fuerza de la que era capaz, aferró su frágil cuello, mientras los pies repiqueteaban de miedo en el suelo en un intento de zafarse de sus garras.

Los pasos se volvieron y tras caminar a través del corredor central, giraron a la derecha. Ante sus ojos el pasillo de las bebidas. La luz entraba por unas pequeñas ventanas en lo alto del establecimiento reflejando sutiles destellos de colores que su retina captaba. Era una percepción divina; la llamada del fin había llegado. Hirió de muerte con un golpe seco sobre la nuca a la inmaculada belleza que había estado siguiendo. Un ruido sordo de cristales se escuchó sin que nadie hiciera nada. Todos continuaron en las rutinas de sus compras incluido él. Llegó a la sección de perfumería y tras una cuidadosa selección, adquirió un perfume de color rojo cuyo embalaje dejaba ver el siguiente eslogan: “¡Para llegar al final sin retorno, sin odio, ni desesperación: elígeme!

Su herida, por hoy, estaba intachablemente cicatrizada y perfumada… Una ola de calor barría su piel devolviendo el color violáceo a su rostro; fue a la cola de la caja y pagó con el dinero que, amablemente, ella había ofrecido antes de la mortal estocada.

miércoles 21 de octubre de 2009

Lo que tuvo que hacer


Fue desquebrajada y reformada múltiples veces hasta que, la audacia y la reserva se unieron al sometimiento y la rebelión y cuidadosamente pertrechadas de extrema exigencia y de prudente concesión, consiguieron que finalmente se aceptara a sí misma.

La montaña (cuento de Enrique Anderson Imbert)

Rafal Olbinski


El niño empezó a treparse por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en la butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.

-¡Papá, papá! -llamó a punto de llorar.

Un viento frío soplaba allá en lo alto, y el niño, hundido en la nieve, quería caminar y no podía.

-¡Papá, papá!

El niño se echó a llorar, solo sobre el desolado pico de la montaña.

martes 20 de octubre de 2009

If there is a choice


Gracias, Antony... (para ti)


If it be your will
That I speak no more
And my voice be still
As it was before
I will speak no more
I shall abide until
I am spoken for
If it be your will
If it be your will
That a voice be true
From this broken hill
I will sing to you
From this broken hill
All your praises they shall ring
If it be your will
To let me sing
From this broken hill
All your praises they shall ring
If it be your will
To let me sing

If it be your will
If there is a choice
Let the rivers fill
Let the hills rejoice
Let your mercy spill
On all these burning hearts in hell
If it be your will
To make us well

And draw us near
And bind us tight
All your children here
In their rags of light
In our rags of light
All dressed to kill
And end this night
If it be your will

If it be your will

lunes 19 de octubre de 2009

Reflexiones


Nunca dejará que escriba aquellas frases inconclusas
nunca permitirá que vea la claridad de una nueva vida.

Porque

teje hábilmente una telaraña que cada minuto ahoga más
llenando de falsas esperanzas este sueño que vivimos.

Nos distrae

contemplando nuestra ilusión de su existir
mientras espera el momento precioso.

Irritándonos

en ese instante absurdo de elipses
de distancias
de círculos
e incógnitas.

Tu marcha inmediata

insalvable desconsuelo
cansancio del dolor de Vida.

domingo 18 de octubre de 2009

Despertar con la capa caída


Se había levantado revuelto tras el sueño. Corrió al baño y vomitó. Observó un instante el reflejo de su cara en el espejo y comprendió que la transformación era irreversible. Volvió a sentir náuseas pero ya no tenía nada que expulsar de su cuerpo; sólo le quedaba la bilis. Ese líquido amarillento que siempre le había repugnado, encolerizándolo.

Como cada viernes se había acostado ebrio. Finalizada la jornada laboral, llegaba a casa y se preparaba para salir. Soltaba los bártulos del trabajo en cualquier rincón sin mirar ―no había nada que mirar―, y comenzaba con el ritual. Primero se desvestía, y desnudo, abría el armario para elegir el disfraz de esa noche. El otoño recién estrenado aún emitía calidez, así que se pondría sus vaqueros desgastados y la camiseta naranja que le había traído tanta suerte y que le recordaba otra época; hoy viernes, día siete, la nostalgia poblaba su alma. Eligió los calzoncillos apretados ―por si acaso, pensó―, los calcetines azules y sus primeras playeras “all star”. Mientras hacía todo esto, fumaba marihuana y caminaba descontrolado de un lado a otro de la casa. Subía por el pasillo, paraba y miraba hacia la izquierda. Contemplaba el dormitorio con las sábanas revueltas de la noche anterior e intentaba recordar qué batalla se habría librado en ella. Pero por más que daba vueltas a su cabeza saturada de cannabis y números y facturas y clientes y problemas, no conseguía vislumbrar un rayo de luz en su maltrecha conciencia. Parpadeaba y con cada aspiración profunda, sentía como el humo llegaba hasta sus pulmones recorriendo velozmente los bronquios para esparcirse hasta los alvéolos y desde allí, a las terminales nerviosas de su cerebro.

Su cerebro estaba en el rango de la saturación y sentir esa percepción, le hacía reír incontroladamente. Siguió caminando sin ton ni son por el pasillo. Llegó al salón y se quedó contemplando el cuadro que colgaba encima del televisor. Allí estaba el mar con mayúsculas y era verde, enorme, fresco, acogedor. Percibía la brisa que movía las olas del horizonte y en ese instante, el móvil comenzó a sonar sacándolo de esa placentera ensoñación. Se levantó y dio una vuelta hasta encontrar de dónde venía ese sonido que comenzaba a importunarle. Finalmente lo encontró, y a duras penas leyó en la pantalla que era Pedro. No descolgó. No tenía ganas de hablar con él. Ya se verían más tarde en el sitio de siempre. Sin embargo, la llamada le devolvió a la realidad y tras dar la última calada al peta, fue hacia la cocina. Abrió la nevera y cogió una cerveza; su boca estaba reseca y necesitaba refrescarse. ¿Refrescarme?, me voy a la ducha. Antes de dirigirse hacia el baño, tropezó varias veces y el golpe fue tan fuerte que su rodilla comenzó a sangrar, pero él reía y reía sin parar acompañando al líquido rojo que emanaba del interior de su cuerpo. Contempló unos minutos la escena y finalmente abrió de nuevo el frigorífico para coger otra cerveza. Echó un poco del líquido ambarino encima de la herida y, retorciéndose de dolor, rió de nuevo.
Por fin llegó a la ducha. Terminó y comenzó a vestirse. Primero los calcetines, para acabar colocándose el cabello de forma descuidada. Ya estaba listo. Abrió la puerta y la noche le acogió con toda su dulzura.

Caminaba por la calle sin rumbo fijo, sus pies estaban acostumbrados a ello. Pararon y el local de Pedro estaba delante. Entró. El humo y los saludos de los colegas le reconfortaron y con el whisky en la mano, inició la jornada nocturna del viernes. Copa tras copa las horas fueron pasando... Empezó a pensar en la muerte. Imágenes de catástrofes se presentaban delante de sus ojos como si estuvieran ocurriendo en ese mismo instante: una pelea, un navajazo, un disparo, un incendio, el desplome del pub… No podía soportar tanto dolor. Condenado e indefenso con sus pensamientos, continuó bebiendo. Tenía suerte al fin y al cabo. Su trabajo le abastecía del dinero necesario para que cada viernes pudiera anestesiar su maldita vida. Se estaba haciendo viejo y la vejez, dejaba al descubierto el don de apreciar las pequeñas cosas de las que carecía: contemplar el amanecer sobrio, levantarse despejado y salir a dar un paseo, bañarse en el mar que tanto echaba de menos y que solo contemplaba en el salón de su destartalado apartamento, conducir, saborear la comida… Olvidaba bebiendo.
El bar cerró y sin conciencia, su pies le llevaron hacia casa. Por el camino encontró una criatura divina y la invitó.

Revuelto tras el sueño, despertó. Corrió al baño y vomitó bilis. Encolerizado, lloró. El espejo devolvió la imagen de su envejecida y hastiada alma. El infierno quemaba dentro y la osadía de escapar, ya había pasado.

Su mano tembló mientras cogía la cerveza de la mañana.

sábado 10 de octubre de 2009

Hamelin



Hoy me permito hacer publicidad para unos amigos que están trabajando duros estos días.

En breve será estrenado este nuevo trabajo de Nacho Cabrera en el teatro Cuyás basado en el texto de Juan Mayorga, con los actores Luisfer Rodríguez, Miguel Ángel Maciel, Hermi Orihuela, Emma Álvarez, Carmelo Pennica y José Manuel Trujillo. Violonchelo Elena Marrero; ayudante de dirección Gemma Carballo.

HAMELIN, es un cuento clásico de los hermanos Grimm que como todos sabemos habla de ratas y el flautista que consigue "hipnotizarlas". Si extrapolamos este concepto, podemos llegar al de los hombres ratas que pueblan cualquier ciudad. Perversión. Pederastia. Educación. Unidad familiar. Tolerancia. Represión y /o libertad... compromiso.

No te lo pierdas.

HAMELIN, se lo merece.

Su fuerza

reside en que

no

busca

compañía en

absoluto

pero convence.

¡Cuidado con aquello que las palabras hacen y deshacen!

(Como diría Pessoa: Las palabras son formas disformes de nuestros pensamientos)

martes 6 de octubre de 2009

Secretos para vivir




Intentaré describir con minucioso detalle el porqué de esta situación divertida en la que me encuentro, pero antes tengo que buscar lápiz, papel y un poco de luz… ¡Ay!, tengo los brazos entumecidos. Voy a incorporarme levemente para poder escribir lo que mi involuntario instinto me provoca.

Nací en el seno de una familia acomodada siendo hija única y cuando tuve la suficiente edad para emanciparme, mis padres me ofrecieron todas las facilidades posibles sin oponerse a mi decisión. Era joven y, obviamente, me sentía rebosante de osadía y altivez, y a este conjunto inventado, decidí denominarlo felicidad. Exploté al máximo mi vanidad convencida de que el Mundo me encontraba turbadamente encantadora. Mi presencia era requerida en todos los eventos sociales importantes y salvaguardada en mi cápsula protectora, miraba distraída contemplando el paisaje que se creaba a mi alrededor, sin permitir que nadie percibiera mi miedo.
A pesar de lo poco que hablaba de mí, todos me ofrecían sus consejos: “prueba a parecer pura”, me decían y acepta lo cotidiano de la vida, de las tareas humildes, aburridas y fáciles. Pero, ¿cómo iba aceptar esas cosas si yo no era pura (al menos así lo creía) y a mi vida no podía calificarla de humilde, aburrida o fácil? Sin embargo, con tal de que me dejaran tranquila, accedí a ser salvada durante algún tiempo, de la soledad.

Sorprendida, experimenté una sensación deliciosa. El miedo se disipó y quedó olvidado en la nostalgia. Viví un presente lleno de dichas mientras intentaba edificar un futuro consistente que no se derrumbara con facilidad e intenté buscar mi identidad. No lo conseguí; quedé expuesta a la intemperie con tal inocencia, que me perdí. Herida y sin afinidad por nada y nadie, me encapsulé en esta maleta para soñar sin dormir, otro espacio diferente.

Ahora vivo aquí ajena a todo lo que acontece en el exterior. Viajo constantemente dentro de este diminuto espacio con los músculos engarrotados y con los ojos llenos de insomnio somnoliento. Soy feliz y estoy alegre. Me siento viva. No busco, me encuentran. Me zarandean intentando descubrir qué esconde esta maleta y aunque pocas veces lo consiguen, no me importa. La vida necesita de secretos. Mi única compañía es la libertad que implica la soledad y quien no se pierde, no llega a conocerla y amarla. Yo asumo la vileza y grandeza de la mía. Ahora la comparto contigo mostrándote mis piernas y mis manos. Dejo a tu elección, el descubrir el secreto que escondo dentro. Te aseguro que ahí, no existen barreras y tu pensar y sentir, no tendrá censura.

domingo 4 de octubre de 2009

¿Los hechos de la vida son el limón de la ostra?

"No me gusta cuando escurren limón en mis profundidades y hacen que me retuerza"
-decía la ostra

Este blog nació como un espacio para escribir aquellas ficciones que pasaban por mi cabeza y es lo que pretendo que continúe siendo. Todos los que llegan a él son libres de opinar y transmitir con respeto lo que quieran. Y con el permiso de aquellos que me leen, me gustaría matizar algunas cosas:

- Me gusta inventar pensamientos.
- Me gusta escuchar y leer.
- Si yo te dejo ser, entonces déjame ser.
- En general no sé qué estoy escribiendo: simplemente, surge. Me arriesgo y dejo que tú, quienquiera que seas, lo leas.
- No voy más lejos con esas letras impresas que el aceptar cómo soy y no buscar fuera lo que ya conozco en mí.
- A veces no estoy contenta con lo que acabo de escribir pero estoy obligada a aceptar todo el párrafo porque él me ha ocurrido. ¿Qué inconveniente ves en ello?
- Cuando escribo no soy anónima, pero sí libre. Mi libertad es mía y no sé adónde me llevará, pero no es arbitraria. Respétala.
- La verdad es inútil pensarla o discutirla: yo tengo la mía, tú la tuya.

Gracias a todos por estar ahí.

viernes 2 de octubre de 2009

Mi cumple-blog-año (gracias)


Querida anónima que me estás leyendo:

Salí de casa enamorado de la vida hace un año. Antes de eso, nadie parecía querer escucharme y perseguido por mis miedos, comencé a correr hasta el día de hoy. He sufrido tanto con esta carrera, que me he convertido en otro desnudándome ante ti. Sin embargo, aún no he podido olvidar el que fui y el amor que sentí, por eso vuelvo para encontrarme y encontrarte.

¿Ha acabado mi tiempo de transformación?... No, el tiempo nunca acaba y el amor permanece en él. Me encanta escribirte; es como si lo hiciera conmigo mismo. A veces tengo la sensación de que los temas de mis miedos se acaban, como si fuera el monólogo de un libro que hablara en alto y que aburriera porque no tiene la entonación que su autor le imprimió, y es en esos momentos de desidia, cuando pienso en ti ―sé que te tengo―, y dejo de sufrir. Podría incluso atreverme a decirte que todos mis textos te mencionan, y aunque el tiempo desapareciese ―acabo de mencionarte que el tiempo permanece―, nunca agotaría el contenido de los mismos, ya que lo interesante que hay en mí es que tú estás ahí.

Sé que nunca pensaste que yo pudiera ser así. La verdad es que yo tampoco imaginé que llegara a cambiar de esta manera, pero si analizo con cierta minuciosidad, creo que la transformación ha sido pequeña. ¿No será que tú me estás mirando con otros ojos?..., recuerda ―no obstante―, que tú y yo somos uno, por tanto ¿soy sólo yo el que ha cambiado?

Antes, mi disposición ante la vida era abrir la puerta a cualquiera que tocase, y desde el dintel de la misma, me mantenía frío e impasible ante cualquier petición que se me hiciese. Pero hoy, es a ti que me lees tras este año de enamoramiento, a la única que dejaría entrar. Es tal la pasión que siento, que tiemblo del miedo de no poder sostenerla.

Sabes que andaba enfrascado en mis cavilaciones desde el exterior, convergiendo en todas las aristas tangentes que poseía y con las que no llegaban a ninguna parte, hasta que te conocí. Mis ojos, al chocar con tu mirada, enmudecieron y sentí un estremecimiento por todo mi cuerpo sin saber con exactitud lo que me estaba pasando. Los cerré y con ese gesto, la noche me alcanzó, aunque dentro de mí todo se llenaba de una luz que me guiaba hacia la carrera más importante de mi vida. Amarte a ti fue amarme a mi mismo y hoy, vuelvo para darte las gracias y reconocer en tu semblante virtual al hombre que soy tras este año de lectura en compañía.

Me cambiaste. No alcanzo a buscar otra expresión que me permita decirte qué rara transformación has establecido en mí. Únicamente grito: ¡sí, estoy cambiado y hasta que punto!

PD, de Antonio Machado:
¡Ojos! que a la luz se
abrieron un día,
para después ciegos
tornar a la tierra,
hartos de mirar sin ver.

(Gracias por este año compartido).