
Tras varios meses sin escribir por motivos que no vienen al caso, he decidido sentarme nuevamente para intentar derramar las ideas en ebullición de mi cabeza. Nunca me había costado hacerlo, bastaba con abrir la tapa de la olla y que sus aromas impregnaran el espacio deshabitado al que llegaban. Quizás era porque improvisaba al igual que cuando cocino, es decir, no pienso mucho en si debo añadir más sal o agua, ni siquiera me atrevo a probar si la cocción va bien: simplemente dejo que las sensaciones y aromas del momento “hagan de las suyas”. En general las artes de la cocina no se me resisten —confieso que los postres sí; soy “poco dulce”—. Sin embargo ahora, hoy, esta difícil tarea me enseña sus dientes y no sé si hace falta más sal, más cocción, menos agua o qué. Básicamente necesito entrenamiento. Así que, con el permiso de todos ustedes, voy a empezar con mi programa de fitness.
Nunca me ha gustado el ejercicio —lo reconozco—, aunque sé que es necesario. Cuando tengo que enfrentarme a un quehacer no grato, procuro disfrazarlo para dedicarme a él por completo con el ánimo que precisa cualquier proyecto nuevo. Hoy tengo ganitas de comer, y he decidido abrir la despensa y la nevera para ver con qué ingredientes cuento y cocinar. ¿Me acompañan en esta simulación carnavalera?
Ya estoy en la cocina. Nueva contrariedad. No hay nada apetecible. Debo buscar en seguida una solución; tengo invitados a comer (ustedes, queridos lectores). Respiro profundamente varias veces y repito mentalmente un mantra inventado —por ejemplo: “almuerzo-cena, almuerzo-cena”—, y sin saber muy bien ni cómo ni porqué, mi cerebro se llena de música. ¿Recuerdan “Yeke yeke"?...
Nunca me ha gustado el ejercicio —lo reconozco—, aunque sé que es necesario. Cuando tengo que enfrentarme a un quehacer no grato, procuro disfrazarlo para dedicarme a él por completo con el ánimo que precisa cualquier proyecto nuevo. Hoy tengo ganitas de comer, y he decidido abrir la despensa y la nevera para ver con qué ingredientes cuento y cocinar. ¿Me acompañan en esta simulación carnavalera?
Ya estoy en la cocina. Nueva contrariedad. No hay nada apetecible. Debo buscar en seguida una solución; tengo invitados a comer (ustedes, queridos lectores). Respiro profundamente varias veces y repito mentalmente un mantra inventado —por ejemplo: “almuerzo-cena, almuerzo-cena”—, y sin saber muy bien ni cómo ni porqué, mi cerebro se llena de música. ¿Recuerdan “Yeke yeke"?...
Sin darme cuenta estoy bailando a ritmo del Yeke yeke, comienzo a reírme, salto de un lado a otro de la cocina —mis vecinos pensarán que me he vuelto loca—, y miro nuevamente la despensa… ¡Estoy salvada: tengo pasta al huevo! No la había visto, la compré hace unas semanas en el italiano que frecuento, también hay alcaparras y almejas… El pelo danza hacia arriba y abajo acompañando a los brazos, una vuelta y otra, y otra… las hojas de las plantas de la cocina se baten al ritmo impuesto por mis movimientos… ¡Bravo! las palabras llenan mi boca de ese regusto agrio de la especie descubierta, la abro y salen al exterior los aromas dormidos en estos meses para impregnar esta mañana otoñal… Continuo indagando en las profundidades del frigorífico y descubro cebollino al fondo, a la derecha, oculto tras una enorme papaya que mamá me regaló el pasado miércoles, alargo la mano y comienzo con la receta improvisada a golpe de cuchillo.
¡He conseguido desbloquearme y escribir unas cuatrocientas palabras! No está mal mi primer training. Emocionada con las elucubraciones y logros conseguidos, noto como mis agarrotados músculos comienzan a quejarse, como mi respiración no está acompasada con los latidos cardiacos, como la sensación de ahogo gana terreno a pasos agigantados… ¡Maldita sea tengo que descansar! No estoy acostumbrada a tanto ejercicio... Y justo en el instante de claudicación de mi cuerpo, mis ojos saciados se llenan de amargo líquido salado proveniente de los efluvios expelidos por el bulbo objeto de mi hambre canina...
¡He conseguido desbloquearme y escribir unas cuatrocientas palabras! No está mal mi primer training. Emocionada con las elucubraciones y logros conseguidos, noto como mis agarrotados músculos comienzan a quejarse, como mi respiración no está acompasada con los latidos cardiacos, como la sensación de ahogo gana terreno a pasos agigantados… ¡Maldita sea tengo que descansar! No estoy acostumbrada a tanto ejercicio... Y justo en el instante de claudicación de mi cuerpo, mis ojos saciados se llenan de amargo líquido salado proveniente de los efluvios expelidos por el bulbo objeto de mi hambre canina...
8 comentarios:
Eh!!! Me han dado ganas de ponerme a cocinar, pero tengo ya la comida de hoy, así que mejor me voy a la calle a darme un paseito al ritmo de tus cazuelas, que me has despertado las ganas de sonreir!!!
¿con que buscando Literatura entre los fogones, como Santa Teresa? haciendo hasta de la cocina una ceremonia.
qué ritmo! y qué hambre… jejeje
pues ya que empezó, a seguir! ;)
Así cualquiera se mueve, y escribe, y ve la vida con optimismo...
¡Buen regreso!
besos
Me alegra tenerte de vuelta :-))
Escribiendo y bailando mientras cocinas... puedes abrirte una página web.
Me supo riquísimo todo, música y letras ;)
Besos, Luna.
Me gusta que hables tu y no "la máscara" (dicho sea sin ofender a "la máscara"). Te veo saltando y buscando en la nevera y a las plantas asombradas mirando con las hojas patidifusas.
Que bien.
Otra vez tenemos premio.
Es que lo haces muy bien.
Besos.
Un verdadero escrit@r logra ver en cada segundo de la vida, una historia, un cuento.... Como este trabajo demuestra.
Al leerlo percibo un dominio maduro del vocabulario, una redacción "profesional", e incluso una incursión en el tema ortográfico interesante.
"El (la) que vale... vale". Y tu Luna, con trabajos de esta calidad, lo demuestras.
Un saludo... Y un placer verte por aquí... Por allí..
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