Miras tus pies mientras tu cabello y pensamiento se enreda de viento. Un espacio de luz reverbera sobre tus ojos: "El vértigo se deja sentir tanto a ras de suelo como en lo alto del rascacielos". Estás ahí, desconoces dónde, y todo es negro. Sólo tienes que preguntarte: "Bueno, ¿cómo coño voy a vivir siempre en esta situación?”, pero no lo haces. Dejas a la tragedia rozarte. Lívida, magullada de azul, arrastrada hacia este tejemaneje de rumores ensordecidos como terciopelos de gotas rojas descendentes que se introducen a la fuerza a través de pinzas que muerden a manera de dientes el pellejo húmedo de nostalgias. Ella te ronda; dialoga contigo a pasos agigantados. “¿Quién es usted? Deberíamos presentarnos”, piensas… Escuchas su risa, sientes su frío y deseas acortar la distancia. Duele. Andas un breve paso. Está oscuro y te buscas a ti misma. Sigue doliendo su respirar tan cerca. Amas las nubes, los sueños, el infinito del silencio atascado en estas palabras sin vomitar… El riesgo delante, a mitad de planta de tus pies, atrayéndote febrilmente: la simetría meditada de tu propia orfandad impuesta. Entonces dividida en dos, por primera vez sonríes, sigues avanzando y sueñas como otro caminante idiota que mira hacia arriba: tú mismo.
lunes 6 de diciembre de 2010
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2 comentarios:
"Cuando nada pasa", ni esa "nada rima con nada", que diría la Pizarnik.
Sí, quizá entonces haya que salirse de uno, y contemplarnos como a un extraño desde lejos... para acortar las distancias para el encuentro tan poco común con uno mismo.
Saludos, Lunática; un placer leerte siempre.
Cuando nada pasa, sentimos ese vacío que nos ronda hasta la náusea, ese vacío que colma las horas y los días, que nos llena de hastío y de incertidumbre. Ese spleen cotidiano en el que conversar con uno mismo resulta hasta incierto.
Una interesante reflexión, Luna.
Besos.
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