miércoles 23 de febrero de 2011

¿Nadas?

Annie Vought


Dices basta aunque suene a tópico porque hay días en que los tópicos son perfectos para expresar el riesgo inconformista. Recuerdas aquellos años de juventud y desviándote en nubes filosóficas inservibles te preguntas cuál es el límite de tu elasticidad…

Hablas en esta tesitura, no porque seas ya mayor o maduro o viejo, o como quieran llamar a la experiencia que pueden dar los años o al tener hijos y nietos; años fértiles llenos de ilusiones y cargados de hambre mundana. Sí, de esa hambre de nacimiento hacia los placeres por descubrir, hacia la observación infinita sin llenar los ojos de tinieblas, de preguntarte qué puedes hacer, de impresionarte con miles de insignificantes detalles y personas... Ahora, esos años quedaron atrás, recónditos en ese lugar que tan sólo cada uno de nosotros conoce, mientras la sequía acecha y el desierto enorme empapa como un océano para ahogarte. ¿Cómo ponerse a salvo? ―te preguntas―. No hay guardacostas, sólo tiburones deseosos de atacar y llenar sus estómagos con las vísceras devoradas. Esa es la realidad: no la puedes negar. ¿Y qué haces?... Apagas las luces, cierras las ventanas y te escondes en mentiras, en banalidades, en hipocresías, porque sabes que así quizás puedas seguir viviendo un poco más, un poco más de ese malvivir que empezaste sin saber cuándo, convirtiéndote en otro que simplemente no eres tú...
Sin darte cuenta has dejado de existir mientras ese enorme monstruo satisfecho continuó alimentándose de la violencia de aquel corazón lleno al que nadie pudo resistirse y que ahora es difícilmente alcanzable, ni siquiera, por ti. Lo sabes. Has dejado de sentir su bamboleo, su perfume. El esplendor se ha transformado en pereza, en hastío, en negrura. Las olas abaten fuertes, te cubren. Saltas una y otra vez, y otra más, y una última… Pero la profunda oscuridad permanece. Las emociones languidecen ocultas. Estás cansado. Necesitas que te reanimen y miras desesperadamente alrededor, incluso gritas, pero el silencio gana. Te callas. Te rindes. Pierdes el coraje por vivir, por seguir, por expresarte sinceramente, y febril, permaneces en la nebulosa de la nada creyendo que eso es la felicidad: no pensar, no sentir, no tener huellas, no tener necesidad de comprender…

Hasta que un día, sin encontrar una explicación, comienzas a ver tu vida turbia y experimentas ese primer y gran paso de la libertad. Aceptas que has metido la pata, que te equivocaste con alguna que otra decisión, pero te levantas y dices basta, es hora de que sepan quién soy. La lucha ha comenzado. Llegan los salvavidas, los tiburones se alejan y, aún convaleciente, das rienda plena a la alegría, estás atento; te escuchan con cuidado ―te creen loco― pero asienten contigo. Poco a poco regresas a ti, aireas el armario, revisas las frustraciones, la responsabilidad de ser quién eres y consecuente con ello, te lanzas a las olas. No estás en forma y reculas con las heridas, pero sigues nadando y atónito llegas a la orilla renovado en el nuevo presente y lleno de curiosidad, aunque estés a la intemperie.
El nivel del agua ha bajado... Nadas.

5 comentarios:

Nayrobi dijo...

he pensado en "If" de Kipling, uno de esos poemas sobre los que volver de vez en cuando:

"If you can force your heart and nerve and sinew
To serve your turn long after they are gone,
And so hold on when there is nothing in you
Except the Will which says to them: "Hold on"..."

gracias, Luna, un abrazo

De cenizas dijo...

¡Hacía tiempo que no leía un relato en segunda persona! Muy buena esa "autorreflexión"
Piensa que algunos se ahogan por el camino... tú, nadas.


besos

Riforfo Rex dijo...

Es evidente que el personaje llegará a la orilla. Lo peor ya ha pasado. Me ha gustado.

La Zarzamora dijo...

Darwin avait raison? Certainement.
Eso de airear los armarios lleva a esas nadas...
Besos, Luna.

Dulce dijo...

Me levantas el ánimo!!!